Es la mejor manera de acabar con un negocio, proyectar una imagen que no se corresponde con la realidad. En ocasiones lo que queremos decir y lo que decimos no van de la mano, y claro, aquí entra la tercera variable, lo que el cliente interpreta. La sinceridad es el primer paso, debemos ceñirnos a lo que somos y a lo que tenemos. Claro que se puede decorar, pero no mentir. Lo que el cliente espera es la clave, es decir que es lo que debe encontrar.

Si haces promesas en tus campañas, cúmplelas. Si creas expectativas, que la realidad las cumpla. La falsedad o el vestir en exceso la realidad crea desilusión, y por lo tanto rechazo. Con lo que cuesta atraer al cliente, no debemos acabar con la relación antes de empezarla.

El lenguaje publicitario tiende a magnificar conceptos como la excelencia, la profesionalidad, las garantías, el servicio a la medida… y otras muchas, que luego la realidad tiende a desvestir. Al más mínimo desvío el cliente tiende a pensar que no existe esa profesionalidad, ni la excelencia y que la calidad brilla por su ausencia.

Estimular las expectativas en los futuros clientes es perfecto, siempre que se cumpla lo prometido e incluso un plus por encima de lo prometido, para que la experiencia de compra supere a la expectativa. Ese será el primer paso para la fidelización.

Y sobre todo no olvides una máxima muy importante: en el detalle está la diferenciación. Eso es lo que nos hace especiales, porque eso es lo que siempre se recordará.